Tengo varias frases favoritas de mi estudio de la Ciencia Cristiana; una de las cuales ha sido un faro y una roca por su certeza y expectativa de la divina liberación que Dios, el Amor, brinda: “Recuerda, no puedes ser llevado a ninguna circunstancia, por más grave que sea, en la que el Amor no haya estado antes que tú y en la que su tierna lección no te esté esperando” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y miscelánea, págs. 149-150).
Esta declaración de la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, se aplica universalmente —a cualquiera en cualquier situación— y se hace eco del amado Salmo veintitrés, que dice: “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (versículo 4).
Ambas declaraciones nos dieron la muy necesaria seguridad de que estábamos a salvo bajo el omnipotente y amoroso cuidado de Dios cuando mi marido y yo enfrentamos una situación peligrosa y potencialmente violenta. En esta experiencia, la “tierna lección” que menciona la Sra. Eddy fue para que nosotros viéramos que, independientemente de lo que gritara la percepción humana, la verdad espiritual de que nadie tenía el poder de hacernos daño gobernaba la situación. La confianza radical en la verdad de que Dios siempre nos acompaña, ama y protege a cada uno de nosotros nos permitió ver estas promesas cumplidas.
En el momento de este incidente, trabajábamos para nuestro gobierno y residíamos en América Latina. Mi marido y yo habíamos viajado a una ciudad lejana para comprar comida y otros artículos que no estaban disponibles donde vivíamos. En el viaje de regreso, el asiento trasero del coche estaba lleno de paquetes.
La carretera era solitaria y se consideraba riesgosa por la noche debido a los bandidos, el ganado suelto y la práctica común de los conductores de camiones de conducir sin luces, creyendo que esto ahorraba energía eléctrica. Pero nosotros conocíamos muy bien la carretera y estábamos ansiosos de volver a casa con nuestras hijas pequeñas, así que iniciamos nuestro largo viaje de noche.
En las primeras horas de la madrugada, de repente nos topamos con un control de carretera atendido por dos soldados bastante jóvenes y muy ebrios. Demasiado tarde, nos dimos cuenta de que no era un bloqueo oficial, sino una extorsión. Para entonces, parecía que estábamos atrapados. Los soldados se tambalearon hasta nuestro vehículo y, al ver los paquetes en el asiento trasero, exigieron que saliéramos del auto y les diéramos todo.
No obstante, en lugar de entrar en pánico, yo sabía que orar a Dios siempre es lo más eficaz y que debía ser mi primera línea de defensa. Por experiencia, sabía que podía confiar en que nuestro Padre-Madre Dios nos protegería. Estaba segura de que Dios nos hablaría a todos —incluidos los soldados— de formas que cada uno pudiera entender.
Mi marido hablaba el idioma local con fluidez, y agradecí que pudiera explicar con paciencia, pero firmeza que nuestras matrículas diplomáticas garantizaban inmunidad frente a registros e incautaciones. Aunque parecía imposible razonar con ellos al estar tan ebrios y además armados, la respuesta de mi esposo a sus repetidas exigencias de que saliéramos del coche fue simple e inquebrantable: “No es posible”. Con esto quería decir que ellos no tenían autoridad para obligarnos a hacerlo. Sin embargo, interpretaron su negativa como una rebeldía a su autoridad.
Al pensar en las palabras de mi marido, “No es posible”, me di cuenta de que el hecho espiritual era que todos los implicados en la situación eran hijos de Dios —la Mente única e infinita— y que, por lo tanto, no era posible que alguno de nosotros tuviera una mente conflictiva propia. En realidad, cada uno solo podía expresar a la Mente divina. “No era posible” que un hijo de Dios quisiera depredar a otro. Encontré refugio en la tranquilizadora certeza de la Sra. Eddy de que no podíamos estar en ninguna circunstancia en la que Dios, el Amor divino, no estuviera presente; a pesar de la aterradora “ circunstancia” que sugería vívidamente lo contrario.
El soldado más sobrio finalmente pareció entender la explicación de mi marido e intentó convencer a su compañero para que nos dejara ir. Incluso repitió la frase de mi marido de que “no era posible” que nos detuvieran. Pero esto enfadó al soldado que estaba más ebrio, que se volvió aún más beligerante y apuntó con su rifle a la cabeza de mi marido.
Yo sabía que tenía que seguir apartando vigorosamente mi pensamiento de la escena y saber que la ley de amor y protección de Dios está siempre vigente, independientemente de las apariencias. Era esencial dejar de evaluar la situación desde un punto de vista temeroso y negar con vehemencia la macabra sugestión de que tal vez no volveríamos a ver a nuestras hijas.
Este pasaje del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, de la Sra. Eddy, me ayudó a centrarme en lo que sabía que era espiritualmente verdadero: “Bien podemos estar perplejos ante el temor humano; y aun más consternados ante el odio, que levanta su cabeza de hidra, mostrando sus cuernos en los muchos engaños del mal. Pero ¿por qué quedarnos horrorizados ante la nada?” (pág. 563). Al aceptar el mensaje de que la situación que enfrentábamos no era de Dios y por tanto era “nada” —no era real— conseguí mi paz.
Seguí declarando en silencio que ninguno de nosotros podía estar separado de Dios, el bien. Identificar a los soldados desde una base espiritual como hijos de Dios me ayudó a ver que no carecían de nada ni querían tomar lo que no les pertenecía por derecho. También me ayudó ver que no podían estar influenciados por el alcohol como para estar dispuestos a hacernos daño.
Finalmente, los soldados levantaron el control y, agitando sus armas, nos dijeron que podíamos irnos.
Nos sentimos profundamente aliviados y agradecidos de haber presenciado la omnipresencia y omnipotencia del poder protector de Dios esa noche. Esta experiencia me ha seguido recordando que no debo sentirme intimidada ante eventos aterradores; no debo quedarme horrorizada ante la nada, sino saber que la presencia y el poder infinitos del Amor son el único “algo” y siempre están con nosotros y con todos, al brindarnos guía, apoyo y protección.
